Mar
15
Cuando ya empezaba a perder la esperanza, lo he conseguido: he sido un sucio turista, he subido a lo alto del 101, me he movido entre los fieles del Templo de Lungshan, he caminado durante horas por las calles de Taipei… incluso he comprado un souvenir. Extraña satisfacción esta que siento.
Todo empieza a eso de las 12:00, después de dirimir los últimos problemas en la oficina me lanzo a la calle armado con mapa en chino, las amables indicaciones del Dr. Duh y unos cuantos dólares taiwaneses. Primero tomo un taxi hasta el 101, el edificio más alto del mundo. Ya he comentado lo caótico e incluso peligroso que es el tráfico de Taipei. Mi conductor contribuyó en gran medida en mantener el alto nivel de la ciudad… Pero hablemos de cosas agradables. Taipei 101. Un sueño de acero y cristal, con la cabeza, literalmente, en las nubes, construido como una pagoda, alrededor del siempre propicio número ocho, mezclando occidente con oriente con Japón. Los ascensores más rápidos del mundo (certificado por el libro Guinnes) te transportan en medio minuto de la planta cinco a la 89… a 400 metros de altura. Una velocidad de 1010 m/min (sí, es una unidad de medida pelín extraña, creo que son unos 60 km/h) que, gracias al ingenio de Toshiba Ascensores (a eso le llamo yo diversificarse) apenas se nota. Impresionante.
Desde el observatorio en la planta 89 se pude observar una panorámica única de la ciudad… lástima que la niebla (o nubes bajas o lo que fuera que provocaba los 25C con 85% de humedad y nula visibilidad) convirtiera la experiencia en una frustrante mezcla de desilusión y descubrimiento. De intentar adivinar formas entre la grisez (existe esta palabra?), de maravilla al descubrir edificios de toda forma y estilo, allá, tan abajo. Y estadios deportivos y parques varios, y las colinas al fondo y, hey! mirando hacia el sur se ve más claro, y más lejos. Si el panorama exterior tenía su encanto, el interior tampoco era menospreciable. Desde el brutal contrapeso que mantiene el edifico estable en caso de fuertes vientos (no olvidemos que es una zona propicia para los tifones ésta) hasta la peculiar exposición de linternas en la amplia sala que constituye el observatorio. No olvidemos tampoco a los hombres de negocios comprando regalos en la joyería que actúa como tienda de souvenirs de altura… peculiar, todo muy peculiar.
Descendiendo de las alturas, desde la planta cinco hasta la primera hay una sucesión de restaurantes caros y tiendas pijas de ropa pija: ideal para pasear entre ellas, pero no me veo comprandonada aquí, no.
Al salir y orientarme practicando reconocimiento de patrones con los nombres chinos, decido que qué mejor manera de conocer la ciudad que ir caminando hasta el templo maldito ese en vez de coger el metro. Qué es, una hora, hora y media? perfecto!
Una gran virtud de Taipei es que sus calles son bastante perfectamente cuadriculadas y orientadas norte-sur, este-oeste. Así, para ir de la torre al templo sólo basta seguir la Hsinyi Rd… cosa que hice salvo algún desvío norte y sur para ver de cerca edificios peculiares varios. La esquizofrenia oriente/occidente alcanza cotas sublimes: en un museo construido cual pagoda, un exposición de arte religioso del Renacimiento italiano, el Tribunal Superior de Justicia es un edificio con frontón triangular y columnas dóricas… y frente al Templo de Lungshan hay un mall subterráneo.
Esta ruta que, por casualidad, he elegido lleva también al Palacio Presidencial. Alrededor del complejo hay multitud de Hummers (adivina quién le vende las armas a Taiwan?) con un remolque que alberga un curioso sistema para extender royos de alambre de espino (supongo que rápidamente). Además de los soldados de uniforme (fácilmente reconocibles gracias a su evidente casco blanco) individuos vestidos de civil se distribuyen en cada lateral del edificio. Supongo que pretenden pasar desapercibidos pero la uniformidad de su no-uniforme (gorra de baseball, cortavientos, bolsa en bandolera), los extras que llevan (cable conectado a la oreja que desaparece dentro de la bolsa, un silbato extrañamente sujeto por detrás al bajo de la chaqueta), el equipamiento semi oculto en un jardincillo cercano y su posición estática y atenta a todo lo que ocurre a su alrededor les impide tener mucho éxito en eso de no llamar la atención.
Finalmente llego al templo, encajonado entre los demás edificios me costó encontrarlo más de lo que me gustaría reconocer. No obstante, una vez delante de él es inconfundible: multicolorido, recargado, exótico hasta el absurdo. Por dentro no decepciona, altares múltiples con budas dorados, decenas de personas rezando con varillas de incienso, el humo intoxicante, gente de rodillas, con las manos en la frente, otros tirando piezas curvas de madera roja, algún oráculo de algún tipo supongo, preguntando sobre esas decisiones pendientes… y ofrendas de comida, de pétalos, de velas. Tan exótico como ir a la catedral de Barcelona, supongo, si nunca has estado en un templo cristiano. Aaahh, la multiculturalidad!
Satisfecho y un pelín cansado de tanto andar, emprendo el regreso hacia la oficina… pero antes decido acercarme a ese otro rascacielos que no está tan lejos del templo… The Life Tower… no tan impresionante como el 101, pero gracioso a su manera. Ok esto es lo último, de vuelta a la oficina! … y en el trayecto en taxi me veo en medio del distrito tecnológico, tienda de gadget tras tienda de gadget, pequeñas multitudes (toma contradicción!) con la palabra “GEEK” tatuada en la frente, luces y sonidos… y pasa tan rápido como el tráfico (y el estado mental de un taxista de Taipei) permite… ainx, otra vez será.
Despedidas cortas, limo, aeropuerto, esperas, controles de seguridad, 12 horas de vuelo, 2 películas malas, algo de sueño, cena y desayuno indistinguible de la cena… y Welcome to LA. De ahí a SF, más taxi, casa…
… qué hora dices que es?
